A continuación la historia:
27 de noviembre de 2010
-Soltá eso porque vos y yo sabemos que no tenés el valor suficiente para hacerlo-me dijo mirándome con menosprecio.
-¿Te creés que no soy capaz, tarada?-le respondí con rabia.
-¡No, no lo hagás, Ángel! ¡Sé que no querés hacerlo!-contestó desesperadamente, como si supiera exactamente lo que pensaba hacer-¡¡Nooo!!
Ese fue su último grito. Nunca pensé que llegaría hasta este punto, pero lo hice. Nunca pensé que tendría el valor para hacerlo, pero lo hice. No sé si alguna vez tendré perdón por lo que hice, pero por lo menos yo, por alguna razón, no tengo ningún remordimiento, lo que es raro para una persona como yo. Ahora veo que no me conocía tan bien como creía. Al final de cuentas, lo hice. La maté. Acabé con su miserable vida. Con un solo balazo que curiosamente ingresó por su boca y le destrozó la garganta. Por ello parece que no dijo nada más luego del disparo. Si no podía hablar la pobrecita. Igual me parece que ya había hablado demasiado en sus veintidós años de vida. Al final sólo cayó al suelo y se desangró.
Sigo sin entender como llegué hasta tal punto, pero ahora sólo me queda algo que hacer: desaparecer. Pero primero lo primero, tengo que hacer que todo parezca un suicidio. Eso no va a ser difícil. Como casualmente agarré el revólver con un paño, éste no tiene huellas digitales mías. Además “con la forma en la que impactó la bala contra ella, puedo hacer parecer que ella misma se pegó el tiro con el arma en la boca”, pensé. Para mejorar mi plan había encontrado algo que me sirvió mucho de ayuda. Ella había escrito en su computadora como un tipo de carta suicida. En ella expresaba su últimamente continua depresión y sus pocas ganas de no seguir viviendo. “Perfecto”, pensé, “con todo esto puedo aparentar un suicidio muy bien”. Luego de planear todo, llevé su cuerpo a nuestra habitación, lo dejé caer sobre el suelo, coloqué su netbook en la mesa de luz y le agregué algo para que pareciese aún más que la pobre estaba desesperada y que se iba a suicidar. Para terminar, coloqué el arma en su mano y limpié la poca sangre que había caído en el suelo del living donde murió. Mejor dicho, fue asesina. Pero mejor decir que se suicidó y que yo no tuve nada que ver. Para mejorar la escena, coloqué un poco de la sangre que limpié en la escena del “suicidio”. Ya habiendo montado toda la supuesta escena. Escribí una nota para que pareciese que yo me había ido unos días. Preparé mis cosas y me fui.
Estuve unas horas fuera alojado en un hotel donde pasé el resto de la noche. Al día siguiente regresé al apartamento y llamé a la policía. Les dije que había discutido en ella y que cuando volví ella ya estaba muerta. Hicieron la autopsia del cuerpo y por las pistas halladas, determinaron que había sido suicidio. Al parecer, los médicos forenses que trabajan para la policía de este país no son muy buenos o bien, yo preparé muy bien la escena. La pobre Juliana pasó a ser otro más de los suicidios de gente joven en esta ciudad.
No sé cómo hice, pero fingí muy bien mi sufrimiento por su muerte en su funeral dos días luego de su suicidio. Pensaba: “qué ilusos, todos llorando por su muerte y lamentándose por no haber podido hacer nada para ayudarla y que así, tal vez, no se suicidara, cuando todo fue un asesinato que no ha sido descubierto”.
Fui con su madre la casa de esta a consolarla por el dolor de haber perdido a una de sus dos hijas. La pobre mujer es viuda hace ya cuatro años y ahora se le suicida una hija. Pobre. Es irónico darme cuenta que la pobre de Marcela, amaba más a su hija de lo que lo que Juliana se podría haber amado a sí misma. Se podría decir que la depresiva de Juliana no se quería a sí misma ni un poco. Pobre chica, al parecer la muerte era, de cualquier modo, su única salida.
5 de diciembre de 2010
Bien, creo que ya guardé el suficiente luto por Juliana, continuaré con este diario que comencé luego de su muerte. Ya hace doce días que Juliana pasó a MEJOR VIDA. A pesar de ello, no siento remordimiento alguno por lo que hice.
Pobre, sufría tanto. Mañana cumpliríamos un año desde que nos conocimos. Los primeros ocho meses nos quisimos mutuamente. Luego de ese tiempo empezaron los problemas y al parecer el amor comenzó a morir poco a poco por culpa de ambos. Ella comenzó con un problema de nervios. Al parecer desde chica era nerviosa. Pero desde que comenzó el tercer año de su carrera universitaria comenzó a estresarse muchísimo. Era mucha presión. Sobretodo, su jefe que era un ogro con ella y sus compañeros de trabajo. Era una basura de persona como el mío. Como odio a ese hombre. De suerte me dieron dos semanas de duelo por la muerte de mi querida Juliana. Eso era algo que ambos teníamos en común, nuestros malditos jefes de trabajo. Ella trabajaba en un banco como cajera y yo trabajo en un estudio de arquitectos. Soy arquitecto, me recibí el año pasado con 23 años, uno de los mejores de mi clase. Ella siempre se quejaba de que su trabajo era un infierno. La entendía, el mío no era mejor. Con ese maldito creído de Armando Guzmán. Se cree que por tener una reconocida trayectoria de más de diez años como uno de los mejores arquitectos de la ciudad puede venir a humillar y maltratar a sus empleados novatos. Es un creído y un hipócrita. Es más, todos en el estudio sabemos que se la pasa gorreando a su ilusa mujer la cual lo tiene en un pedestal de oro. Nadie le dice nada por no querer problemas con don Armando. Maldito hipócrita. En síntesis, nuestro ambientes de trabajo no eran los mejores, mejor dicho eran los peores que pueden existir.
Yo podía sobrellevarlo un poco, pero Juliana no. No aguantaba a ese tipo que le gritaba y la trataba despectivamente por cualquier mínimo error. Igual, ese tipo era igual con todos en ese banco, ya que era el dueño y presidente del banco. Pero la dramática de Juliana, se creía como la única víctima en ese lugar. Lo peor de todo, es que ella siempre fue muy mandona, desde que la conozco ha sido así. Ella decidía a donde íbamos y qué hacíamos. A mí me daba igual si era mandona o no conmigo. Pero todo se puso feo cuando se puso agresiva e insultante conmigo a los nueve meses de convivencia. El enojo de no poder hacer nada contra los problemas de su maldita vida la ponía constantemente de mal humor. Por ello, me agredía y me trataba como su jefe la trataba a ella. Se quejaba de cada cosa que sucedía: de cuando salía solo con mis amigos, los cuales dejaron de verme porque no la soportaban, de cuando llegaba tarde al apartamento, era muy celosa, de cuando no le prestaba mucha atención cuando me hablaba de sus problemas, cuando no le atendía el celular, etcétera. No se como hacía para bancármela. Era insoportable. Nos hubiésemos separado hace un mes, pero seguíamos viviendo juntos porque era más conveniente pagar el alquiler mitad y mitad. Nos dejamos de hablar una semana antes de su muerte.
El día que pasó lo que pasó, ella me empezó a gritar porque decía que la estaba engañando con otra mina. Me humilló tanto ese día, que a las seis de la tarde agarré uno los revólveres de su colección de armas. Le encantaba coleccionar armas de fuego, tenía seis tipos de revólver, un rifle y una escopeta. Este hecho sirvió para que los forenses creyesen más que se había suicidado ya que el arma era suya. Cuando le apunté con el revólver, se rió de mí, eso fue la gota que derramó el vaso. Entonces jalé el gatillo del revólver y la tarada de calló para siempre.
CONTINUARÁ...
CONTINUARÁ...
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